Publicado en Cuentos, Dramas, Ligero

PaísDesconocido

No paraba de temblar, apenas bajé del auto me di cuenta de que todo se veía oscuro. Mis piernas no me respondían. El hombre se bajó del auto y sacó de la cajuela mi única maleta, cerró la puerta de la que me había bajado con fuerza y se fue muy lejos.

No sabía dónde estaba parada, lo único que atiné a hacer fue a tomar mi maleta con fuerza. No sabía dónde estaba, no sabía que podía hacer, nadie podía entenderme.

-Señorita ¿Necesita ayuda? – Una voz de hombre se me acercaba, tenía tanto miedo que miré hacía todo lados, pero aun así todo se veía negro – Señorita – Sólo antepuse mis manos a su voz en una forma inútil de protegerme.

-Señorita ¿Está bien? Viene al hotel ¿verdad? ¿Quiere que la ayude con esa maleta? – La voz parecía amable; la entendía muy poco, sólo entendí que quería ayudar. No soy tan fuerte ni tan aguerrida así que caí al piso y comencé a sollozar.

El hombre me puso de pie, con delicadeza y eficacia me hizo cruzar una calle, llamó a alguien más. Esta vez una mujer me ayudo a bajar por unas escaleras.

-Está temblando, algo le ha pasado – inquirió el hombre que me había hablar por vez primera

Miss, are you staying at the Consuelo Hotel? – Eso me hizo levantar la mirada hacia mi interlocutora, era una chica joven de semblante preocupado pero amplia sonrisa y hablaba inglés pulido, lo que me ayudó mucho.

 –Yes. Help me please– Tomé sus manos y noté que me hallaba dentro del hotel, en un lugar aparentemente seguro, sin proponérmelo comencé a llorar

Tell me all – Llamó a un garzón y me pidió una taza de té, al rato pude contener mis emociones y comencé a decirle todo.

Vengo desde Manhattan, soy supervisora de ventas de una marca de perfumes que se está integrando al mercado latinoamericano, al ser la única que hablaba medianamente el español fui enviada para hace investigaciones, ir a reuniones y todo eso, ya saben, lo típico.

Esta mañana he llegado en avión, al salir del aeropuerto me robaron. Tres jóvenes con pistola en mano me encañonaron, comenzaron a gritas cosas que no entendía, caí al piso a raíz de mis maletas y el mal estado del piso. Entonces, uno de ellos puso su pistola en mi oreja; sentí el frio cañón cerca de mi rostro, apuntándome amenazadoramente con explotar mis sesos a la menor vacilación.

Un chico tomó mi maleta más grande, justamente ese donde guardaba ropa de oficina y zapatos. Otro vino por mí, posiblemente enojado por la poca importancia de la gran maleta, y comenzó a buscar en mi ropa dinero, tarjeta, joyas.

Me arrancaron los pendientes, el collar, dinero y además se dio el tiempo de tocarme los senos abriéndome la camisa de una forma grotesca y descarada, siempre impulsado por las risas de sus otros cómplices. Todo fue tan rápido. En un instante ya se habían ido y yo quedé ahí maltrecha, con la dignidad por el suelo, destrozada como una muñeca destrozada.

Con el maquillaje corrido a causa del llanto, arreglé mis ropas y la única maleta que me quedaba. Aferrada a ella, agradecí siempre guardar un poco de dinero en mi cosmetiquero. No quería hablar con nadie, no sabía que más podrían hacerme, así que apenas divisé todos los taxis en cola me dirigí hacía ellos y tomé el primero.

Le indiqué el nombre del hotel y él lo buscó en el celular. El auto ya había arrancado, íbamos pasando por un túnel mientras él cambiaba las estaciones de radio, entonces le pregunto cuanto saldría el viaje.

-Serían $60.000 – Dijo. Hice los cálculos inmediatamente ¡Eran casi 94 dólares, era casi un día completo en el hotel!

It is very expensive – Él me ignoró, yo no entendía nada. De pronto entramos en un túnel, creo que era la autopista – ¿Why? , ¿ Why is it so expensive if it is not more than 20 minutes? – Comencé a pedir explicaciones, de por qué el precio era tan caro, si no serían más de 20 minutos.

Hizo un claro gesto de asco, y se dio vuelta de forma brusca dejándome ver su obscena figura, parecía que no se había dado un baño en un par de días, su camisa estaba sucia y tenía los botones de la panza desabrochados lo que dejaba a la vista un montón de grasa y pelo.Encendió un cigarrillo, dio una calada rápida. Manejaba sin mirar hacia delante.

– ¡Si no me pagas, te secuestro! – Acercó su cigarro a mi cabello y logró quemarlo un poco – Bien ganaría más dinero contigo –

Eso sí lo entendía. Le di el dinero ahí mismo. Me temblaban las manos, sentía que mi corazón iba a estallar. Tenía mucho miedo, mis piernas no paraban de temblar y mi espalda sudaba como una loca.

El tiempo se detuvo, no sabía si realmente cumpliría su palabra, pero, sí que lo hizo. Me dejó aquí frente al hotel. Y se fue rápidamente sin decir nada.

Al terminar mi breve relato la chica me pidió que me calmase. Llamó al gerente del hotel. Él me dio una disculpa muy larga, la cual no entendía sus motivos. Pero me dijo que siguiese con mis planes que él se haría cargo del incidente con el taxista.

Entré en la habitación que me correspondía aún cómo un fantasma, me di un baño para arrancarme el sudor del miedo de encima, quería dormir y despertar en Manhattan. Quería despertar y no estar sola en un país desconocido.

Sentí mis lágrimas caer nuevamente junto con las gotas de la regadera, incesantes y torrenciales al igual que mi impotencia, me talle con fuerza las manchas de vergüenza que aún sentía con aquellas manos intrusa sobre mi busco y lavé incesante mi cabello para sacar el olor a quemado y cigarrillos que dejó ese asqueroso taxi impregnado en mí. Pero salí renovada, dispuesta a cambiar todas aquellas sensaciones, no dejándome vencer por aquel miedo. Dispuesta a conquistar este país desconocido.

Lía~

 

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LaHuída

Y estabas ahí, agachada en unos arbustos con leña seca entre tus manos. Tus compañeros te hicieron callar y esconderte rápidamente.

Los del otro clan estaban cerca, acechando como fieras hambrientas por destrozar todo lo que encontraban a su paso, estabas segura que habían visto las pequeñas fogatas de tu pueblo para huir del frio que les caía en la espalda como espadas punzantes.

Soltaste la leña asustada y la escondiste bajó unos arbustos, ingenua, creías que podrías venir por ella luego de que ellos se fueran. Uno de tus amigos se asomó levemente por entre los arbustos esperando encontrar el momento para huir de ahí. Solo sentiste el viento pasar entre ustedes y la flecha clavada a sus espaldas como una advertencia hostil de que aquello no sería algo rápido de lo cual zafarse.

Viste la cara de espanto de tu amigo y como su boca se abrió despavorida para gritarte que corrieras, como si tu vida dependiera de ellos, como si corriendo pudieras huir de algo inevitable en tu cabeza.

Corriste sin mirar atrás, escuchando la quebrazón de ramas a tus pies, sintiendo que todo en tu camino te golpeaba fuerte y despiadadamente, como ayudándolos a alcanzarte. El bosque era frondoso y oscuro, pero podías distinguir las siluetas que corrían a tu alrededor, asechando como fieras que han fijado sus ojos en la presa indefensa. Los arbustos y espinas lastimaban tus brazos y piernas desnudos en cada paso que corrías.

Te sentías perdida, comenzaste a oír gritos desesperados por todos lados, un calor abrazador comenzaba a escocerte la espalda y el color rojo se hizo presente ante tus ojos al voltear.

El fuego se alzó como un fénix furioso, abrazando todo lo que alcanza a su paso, ayudado por el viento y los árboles secos.  Los gritos de furia y agonía no te dejaban pensar con claridad, el sudor corría por tus sienes, las lágrimas caían de tus ojos que sufrían con el humo tan negro como le hollín.

Te viste acorralada por las paredes imponentes de llamas a tu alrededor, tu amigo ya no estaba a tu lado en aquella huida de la muerte, estabas sola entre las llamas y el olor a muerte que desprendía su paso.

Comenzaste a correr cegada por el humo, siguiendo tus instintos, mirando entre lágrimas, tosiendo cenizas.

Sentías la piel ardiendo, los pies sangrantes, los ojos hinchados; Sentías el escozor que llegaba hasta lo más profundo de tu alma, arrastrando la felicidad y buenos recuerdos de los árboles que ahora veías arder sin poder defenderse de alguna manera. La desesperación inundaba tu ser, morirías ahí, al igual que ellos, quemándose estoicos hasta el final.

Pero no dejaste de correr a pesar del dolor, el ardor y las lágrimas acumuladas en tu garganta. Saliste de ese infierno, esquivando las llamas que reían a tu alrededor, dejando atrás la muerte entre brazas ardientes.

El aire fresco llenó por completo tus pulmones, el escozor disminuyó y el humo se alejó un poco de tu cuerpo fatigado; habías escapado del bosque ardiente en el que estabas destinada a morir.

Te giraste para ver la devastación luego de unos metros, el fuego implacable devoraba todo a su paso, no se tardaría nada en llegar hasta donde estabas parado observando la muerte en vivo y en directo.

Gritaste frustrada, a la par de tus compañeros que aún no lograban salir de aquel lugar. No lo entendías, ¿Por qué nos hacían esto, que les impulsó a vengarse con él bosque? Lo que les daba vida a todos, aquel que albergaba comida, refugio y alimento a todo ser sobre la tierra. Sólo cenizas y cuerpos calcinados sería el futuro en sus vidas.

Entonces sentiste el jalón en tu cabello marchito; el dolor punzante en tu cráneo  perforó hasta tus memorias más felices y las aplastó sin piedad.

Tus pupilas desesperadas buscaban como escapar, tus uñas rasguñaban la mano ajena que te sostenía firmemente sin lograr nada, las piernas sobre el piso pateando a las injusticias sin alcanzarlas.

 Y el frio filo pasar por tu garganta limpia y certeramente.

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EntreMundos

Levantarse, bañarse, desayunar, leer el diario, trabajar, tomar un café, trabajar, almorzar, trabajar, volver a casa, comer, dormir, soñar con el trabajo; levantarse, bañarse, desayunar, leer el diario, trabajar, tomar un café, trabajar, almorzar, trabajar, volver a casa, dormir, soñar con el trabajo…

Esa mañana estaba más fresco, el otoño se acercaba y ya iba siendo tiempo de sacar alguna bufanda delgada, una chaquetilla o algo así. Las noticias eran las mismas de siempre: Asaltos, asesinatos, liberación de corruptos, leyes creadas para conveniencia de pocos, celebridades, la subida en el precio de los alimentos, etc. Lo mismo de cada día.

Estos nuevos métodos de transporte lo hacían todo más fácil, uno se demoraba nada más de 10 minutos o 15 en llegar al centro desde cualquier lugar de Santiago, se trataba de unos módulos tubulares que te enviaba con aire a presión hacia cualquier lugar en un santiamén. Podías ver la ciudad desde el aire dentro del módulo. Si mis abuelos viviesen dirían que es brujería, una trampa o lo terriblemente contaminante que debe ser. Aunque hace ya mucho tiempo, nadie podía hablar de contaminación, era una especie de tabú.

Recuerdo las fotografías de los cerros Santa Lucía y San Cristóbal llenos de verde, creo incluso que había un zoológico en el último. Hoy sólo se ven fábricas, está prohibido transitar por aquellos lugares pues contienen altos niveles de radiación, es por lo mismo que las fábricas que se negaron a cerrar, iniciaron la creación de subterráneos, de hasta diez pisos bajo el suelo.

En la empresa, mi trabajo consistía en supervisar el avance de los robots en las faenas de construcción, cosa que podía hacer desde mi computador, pues tenía la madre de todos los sistemas ahí, sólo me trasladaba para hacerles la mantención. Aun así, mi trabajo era eterno y nunca terminaba. No había nadie que me esperase en casa, así que no me importaba dedicarme en cuerpo y alma a mis labores.

Los días previos a navidad, tuvimos una celebración como empresa. Almorzamos todos juntos en un restaurante y nos enviaron temprano a casa.

No quería llegar a casa, y poner el vistoso árbol de navidad, era como restregarme en el rostro que estaba solo y que no había nada mejor para mí que trabajar. Así que caminé, caminé y caminé.

Me sorprendió ver los increíblemente pocos lugares habilitados para el tránsito de personas, casi todas las formas de ingreso eran a través de módulos, las antiguas calles ahora eran todo empresas y locales comerciales, no había lugar por los cuales transitar. Así que caminé hacia el sur, dejando el centro a mis espaldas.

Con la vista en el piso me dirigí a ningún lugar en concreto, bajé las escaleras de un paso peatonal mientras un frío aire se escurría por mi bufanda, debí caminar cerca de veinte minutos mientras divagaba. Las casas a mi alrededor dejaban de ser cuadradas y todas iguales, los edificios comenzaban a cambiar, incluso a escasear y pude ver el cielo sin que tubos verdosos se interpusieran.

Había mucho silencio, las casas eran grandes y viejas. Nadie andaba por las calles. No me importó, no tenía nada que hacer y conocer lugares recónditos no estaba mal para variar.

Un poco más allá, encontré un pequeño parque, el pasto estaba bien cortado, había juegos para niños en medio, pero no había nadie que los usase.

“Seguro demolerán todo esto pronto, no pueden darse el lujo de dejar un lugar tan grande así” me senté en una banca y me descalcé para sentir el pasto bajo mis pies, creo que la última vez que hice algo así fue cuando tenía apenas cinco años. Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos.

Se sentía bien.

Se sentía la vida.

Podía sentir como pequeños insectos se colaban por mis pies ¿Insectos? No hay insectos en la ciudad.

De golpe abrí los ojos y me enderecé, nada había cambiado. En efecto había hormigas en mis pies, esas que solo se ven en las áreas rurales. Las dejé que caminasen por donde quisieran, no tenían pinta de poder hacerme daño alguno.

De pronto parecía que no estuviese solo y estuviese rodeado de vida, los arbustos se agitaban con el viento, los juegos para niños parecían de otro color, incluso las casas ya no parecían tan viejas.

Entonces, los vi.

Pequeñas personitas que realizaban su vida con total tranquilidad, niños jugando en el parque, trabajadores arreglando la acera.

Todos era muy pequeños y parecían estar muy cerca, era como si una membrana invisible nos separase y no pudiesen verme.

Personas aún más pequeñas y frágiles sobrevolaban el lugar, sus alas eran de fibra transparente, como el cuero de la piel.

Una minúscula pelota rodó hasta mí, y por mero impulso la pateé hacia su dueño, entonces la delgada tela que nos separaba se rompió.

El caos estalló, las mujeres se llevaban a sus hijos corriendo. Los hombres me rodeaban, ninguno era más alto que mi rodilla.

Las chicas que sobrevolaban ahora me observaban desde los árboles.

No lo entendía ¿Qué está pasando? ¿Qué son?

Volando hacia mí, una criatura femenina de edad avanzada llamo mi atención, venía fuerte y derecho, se paró sobre mi hombro, caminó hacia mi cuello deteniéndose y pisando con fuerza de pronto ya todo era negro.

Cuando desperté era 24 de diciembre, se me había hecho tarde para ir a trabajar. Sabía que algo había soñado, pero no lograba recordar qué.

Tomé desayuno, leí el diario, las noticias eran las misma de siempre, viaje en módulo al trabajo, allí todo normal hasta el horario de almuerzo, todos fuimos a un restaurante.

Charla tranquila, poco apetito.

– ¿Con quién pasas la Navidad? – todos hablaban a la vez, era difícil seguir una conversación

-En familia, con mis hijos- Respondía alguien, era la típica pregunta del día

– ¿Qué les vas a regalar? – Otra típica pregunta para la fecha

-Hay unos juguetes que están de moda ahora, unas naves espaciales de una película – todos se rieron, como si todos hubiera ido a las tiendas por el mismo artefacto

-Oh!, yo igual tuve que comprar los mismos-

-No hay de otra-

-Qué suerte por ustedes, mi hijo está obsesionado con un viejo libro que encontró en la casa de mis bisabuelos – Esta conversación se disgregó en dos; una acerca de qué harían con esa vieja casa y la otra sobre el objeto que encontró el niño, yo seguí la segunda.

– ¡¿Un libro?! ¿con hojas? ¿O te refieres a las viejas Kindle? –

-Con hojas, incluso trae dibujos –

-Agradece que lee, mis niños no leen ni el sistema básico – Se quejó el hombre sentado a mí lado

Todos se quejaron de la falta de iniciativa educativa de sus hijos, entonces pregunté

– ¿De qué va el libro con hojas de tu chico, Johana?

-Es sobre duendes y hadas –

– ¿Qué? ¿qué? – Exclamó otro sujeto, a su lado

-Son personas pequeñitas con poderes para hacer crecer plantas y cosas así, las otras son igual de enanas, pero vuelan, todo con tendencia a plantas – Dijo incómoda, quería zafarse luego del tema.

-Que bobadas, no tiene sentido-

-Se aburrirá pronto, linda, llévalo a ver un filme espacial y se le pasará- En unos minutos todos estaba comentando las naves espaciales y los juguetes sobre las mismas

Después de la sobremesa, nos dijeron que podíamos irnos a casa para pasar el resto del día con la familia.

No quería volver a casa, y poner un árbol sin sentido en mi departamento, así que caminé. Me impresionó los pocos lugares transitables que había, casi todo era por medio de los módulos. Caminé hacia donde me llevó el camino, cruce varios pasos peatonales antiguos y baje unas escaleras, sólo caminaba por donde podía hacerlo, pensé infinitas cosas. Tal vez debería ser más sociable, inscribirle a un gimnasio y ese tipo de cosas; no me hacía mucho sentido. Comencé a pensar sobre el motivo de estas fechas perdido hace tanto tiempo, poco a poco me encontraba perdido.

Las casas a mi alrededor eran más grandes, los edificios desaparecían. Pronto comencé a ver árboles bastante grandes, arbustos y sabe dios qué otras cosas verdes.

-Es igual que ayer – algo dentro de mí reconoció el lugar, el viento, las sensaciones – No, anoche soñé esto- Estaba totalmente confundido – ¿Lo soñé o viví?

En el parque me esperaban todos los seres pequeños – Duendes – pensé

-Él ha podido regresar – Dijo uno, podía sentir el miedo en su voz

Entonces se armó una discusión, entre las criaturas. Se amontonaban entre ellas y se gritaban, nubes de polvo comenzaron a levantarse, el pasto comenzó a crecer, y las plantas de movían como si estuviesen vivas y formaran parte de la discusión.

Entonces, se acercó hacia mí una anciana de no más de 15 centímetros de alto, la misma que ayer se había subido a mi cuerpo. Tenía alas en su espalda, el cabello lo traía amarrado como un tomate con ramas entre medio, un vestido de una tela que nunca había visto. Parecía un muñeco coleccionable.

-Sólo puedo hacerte volver una vez… – meneaba la cabeza de un lado a otro – No has debido volver.

– Él pertenece – se escuchó una voz de un ser proviniendo de la discusión, los demás se apartaron y lo incentivaron a continuar – Su piel no le escoce con el tacto de la hierba, sus brazos no se inflaman con el tacto de los arbustos, sus pulmones no sufren al sentir el polen, ayer no mato a la hormiga que traviesamente se perdió en sus pies; es diferente, pertenece – al callarse se hizo el silencio, parecía que todos evaluaban su postura –

-Es cierto, que no parece sufrir aquí, además pudo romper la barrera… – La vieja hada meditaba sobre mi destino

¿Cómo es posible que siendo mucho más grande que ellos, me quede quieto sin hacer nada, esperando mi suerte?

– ¿Qué es este lugar?

– Nuestro hogar, es un oasis en la ciudad – Dijo la anciana –

-Los tuyos nos han quitado nuestros hogares – gritó uno

-Tuvimos que unirnos, asociarnos para crear este lugar paralelo a tu mundo, coexisten paralelamente, otros pasan por ahí sin verlo siquiera, la barrera nos protege – comenzó a volar en frente de los duendes – pero tú has pasado como si nada y haz atravesado la siguiente barrera, pudiendo vernos a nosotros, y nosotros a ti –

-Debe irse – gritaron hadas desde los árboles

– ¡No! – dije en voz alta y todos me observaron – No quiero regresar – No quería en verdad, este lugar me daba una extraña calma, no sabía y no quería explicarme. Tal vez sólo quería huir

-Bien, eso no es del todo imposible – Decía la anciana mientras rondaba el lugar – Pero, no puedes conservar tu forma –

– ¡Es peligroso! – Gritaron las hadas –

-Puede aburrirse e intentar volver – Dijo un duende

-Puede vendernos, a nuestra tierra a nosotros mismos – Dijo otro.

-Yo jamás haría eso – Aseguré – Sólo denme la oportunidad –

-Lo haremos, te daremos la oportunidad – La matriarca habló y todos callaron, Hablo con sus hadas para que preparasen todo – Debes conocer nuestra cultura primero, debes saber cómo se vive aquí y ser sincero –

Eran demasiado hospitalarios, se oía demasiado fácil. Ella leyó mis pensamientos

-Tú sinceridad, decidirá – al oír esto, todos parecieron extrañamente de acuerdo – Comprenderás que no podemos arriesgarnos – un hada joven de cabellos verdosos se acercó con un pequeño saco, la vieja me miró y voló sobre mí- ¿Es está tú decisión?

-Sí – Me oí decir.

“Que las palabras y los pensamientos se reflejen ahora, al caer la noche que sus sentimientos le den forma viva”

Entonces me empequeñecí, y ahora podía ver a los duendes a la cara. Estaba desnudo y ellos me vistieron, tenía hambre y ellos me alimentaron.

Me guiaron por todo su pueblo – si se puede llamar así –  me presentaron a las plantas, había tantos tipos y todas tenían tantas cualidades que era imposible aprenderlas todas en un día. Los duendes eran encantadores, los niños vivaces.

Sentía la tierra viva bajo mis pies.

Todo parecía de ensueño, me aceptaron con tanta facilidad que parecía falso. Jamás había hablado tanto con nadie, me sentía en casa.

Pensé que lo terrible que era mi vida, mi rutina. Mi departamento era diminuto comparado con cada casa de estos seres. Ellos rebosaban de compañerismo, trabajo en equipo, fidelidad. Yo en cambio no tenía nada de eso.

Hace algún tiempo, la idea de dejar este mundo rondaba por mi mente con mucha frecuencia, sin embargo, nunca tuve el valor de saltar de la silla, de soltar mi mano del barandal, de dejar la llave abierta o de tomarme el tarro de pastillas. Un Fracaso a toda regla.

Nunca pensé que podría huir, de este modo.

Al caer la noche, todos se acercaron a mí.

Es la hora – dijo la anciana- Levantó el báculo que llevaba y desde los árboles fibra de vida en envolvió. Se sentía cálido – ¿Qué has pensado hoy? ¿Qué has sentido hoy? Eso decidirá tú destino –

“Que las palabras y los pensamientos se reflejen ahora, al caer la noche que sus sentimientos le den forma viva”

Poco a poco, mi piel se desgarró y comencé a gritar, el dolor era insoportable – ¿Qué está pasando? Creí que sería uno de ustedes

– Y lo serás – aún con el báculo por los aires, me miró a los ojos y dijo – El hechizo trae lo más seguro para el pueblo, si dudas, inquietudes y ganas de dejar tu mundo había en tu corazón, nada bueno puede salir de ello. Necesitabas ganas de vivir, curiosidad y otras emociones para ser un duende; y aún otras para ser un hada…

Ya no podía oírla, se alejaba de mí. Mis piernas ya no me respondían y yo volvía a crecer, los largos tentáculos se asentaron sobre la tierra y mis brazos alzados quedaron para siempre. Sin poder huir, sin poder oír, en un árbol me han transformado

-Tú mismo te transformaste en esto – Sentenció y fue lo último que oí.

Cada uno de los pequeños seres siguió con su vida, durante años los vi a todos crecer, marcharse, volver. Durante años solo observé. El silencio se hizo llevadero y hasta amable.

Lía~

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La pizzería.

Hoy era mi primer día trabajando en una pizzería, tenía mala fama con respecto al trato a los trabajadores; se decía que el dueño un hombre mayor era bastante grosero con los empleados.

 Lo tomé solo como rumores, aunque no podía dejar de sugestionarme, pero para mi sorpresa fue todo lo contrario, el señor Humberto era muy amable y atento, algo blando e ingenuo si me lo preguntan. Me mostró todo el local y me indicó cual sería mi tarea.

– Bueno, como te dije antes, Camila estamos bastante cortos de personal y por hoy quiero que aprendas a usar la caja; es bastante fácil. La lista de precios está en el mostrador así que no creo que te de problemas- Dijo relajadamente.

– Sí, he sido cajera antes, así que no se preocupe-

Puse manos a la obra, el uniforme solo era una polera con el nombre del lugar nada muy estrafalario, me acerqué a la caja, don Humberto me estaba esperando; revisamos el saldo y partimos. Aún era temprano, pero había clientes fieles o bastante holgazanes para cocinar, que preferían comprar una pizza. “Don Humberto tiene una mano maravillosa” decían.

Me habitué con bastante rapidez, tuve que ir alternando: Un día realizaba el aseo y atendía las mesas, otro atendía la caja. De a poco me instruían en cómo preparar pizzas, “las más simples para principiantes” me decía Amelia, ella llevaba más de tres años trabajando ahí y era mágico el ver como movía la masa en el aire y la estiraba “Es la costumbre me decía ya lo harás tú también”.

El tiempo vuela dicen por ahí y así fue. Llevaba más de tres meses en el trabajo. Hace poco más de una semana Esteban, el nieto de don Humberto, había vuelto desde un viaje en el extranjero. Él era bastante guapo y por lo que me contaba Amelia era Chef. De cuando en cuando se dedicaba a buscar los ingredientes más elegantes para las pizzas, algo poco visto en el común de Santiago, pero que yo había comprobado con la pila de ingredientes inusuales en la cocina.

Don Humberto junto con su nieto eran muy meticulosos con respecto a la cocina y los ingredientes. Sólo ellos reponían, etiquetaban y revisaban. Todos los días testeaban la cantidad, aroma y estado de carnes, jamones junto con todo lo que se cruzase en su camino. “Es que son Chef” me decía Amelia, yo solo lo veía como un trastorno obsesivo compulsivo familiar.

A pesar de esos detalles el ambiente era ameno y la paga estaba bastante bien. Era entendible por lo bien que les iba; cada cliente que probaba las pizzas se volvía un adicto, la mayoría de los clientes eran ya conocidos.

Cierto día camino al trabajo me topé con un indigente en la calle, me llamó la atención pues este era un barrio bastante acomodado por lo que no era común de ver. Ese día Amelia llegó cerca de las tres de la tarde.

– Hola querida, ¿Cómo estamos el día de hoy? – Me dijo con su imborrable sonrisa.

-Bien, los clientes de siempre, y yo he estado en caja. Esteban está en la cocina preparando las pizzas.

-Ah! Entendido me cambiare e iré a ver que necesitan- Dijo mientras caminaba hacia el baño.

–Ya son casi las cuatro y no he comido nada iré a almorzar con el abuelo me debe estar esperando- Dijo Esteban desde la cocina.

-Bueno, Amelia ya llegó así que ve con calma- Le grite desde la caja.

El día pasaba lento, Amelia en la cocina estaba algo nerviosa. “Me debe haber subido la presión” me decía para que volviese a la caja, al rato se desvaneció, alcancé a recostarla en la muralla de la cocina.

– ¡AMELIA! – le grité.

-Sí, cálmate no te preocupes- Me decía tomándome del brazo.

– ¡Iré por Don Humberto no puedes estar así! – le dije nerviosa.

-NO, no, no, por favor no vayas- Me rogaba.

-Amelia por favor, no puedes trabajar en estas condiciones- Le dije soltándome

-NO, no vayas…- Me insistía mientras se desvanecía.

Corrí hacia la casa de Don Humberto, estaba pasando el patio detrás del local, golpeé la puerta principal pero no me respondían, grité, pero aún no salía nadie, corrí con todas mis fuerzas a la puerta de atrás que estaba entre abierta. En esa pequeña cocina había un plato quebrado y restos de comida esparcidas en el piso, todo hecho un desastre.

Mis pelos se erizaron uno por uno, el ambiente estaba frio y bastante oscuro, reconocí en el piso la ropa del vagabundo. Un escalofrío recorrió mi espalda por completo.

– ¿Don Humberto? – logré susurrar.

No tuve respuesta alguna, por lo que me adentré aún más. Caminé lentamente por la estancia encontré un par de zapatos. “¡Eran de Esteban!”-Pensé. Me aproximé a la escalera y subí lentamente cada escalón.

Un brillo rojo llego a mis ojos, mi corazón se detuvo junto con mi respiración y mis músculos se contrajeron. Ahí frente a mi estaba una criatura con los hombros y brazos torcidos hacia atrás, igual que sus piernas. Su cara desfigurada; una boca enorme con la que engullía el brazo de un ser humano. Sus ojos rojos se centraron en mi presencia paralizada.

Mi instinto se despertó y corrí lo más rápido que podían mis piernas. Fue entonces que la criatura se arrastró por el piso con sus brazos a una velocidad que no tenía sentido.

Me cerró el paso, se acercaba lentamente hacia mí. Andaba apoyando sus codos mientras sus brazos colgaban quebrados, al igual que sus piernas. El pánico se apoderó de mí y hui nuevamente, pero era inútil. Se tomó de las vigas de la pared con sus brazos retorcidos, sabe dios cuanta fuerza tenían y nuevamente me cerraba el paso.

Intenté huir otra vez, pero no pude siquiera dar un paso. Esa criatura no hizo más que jugar con su presa. Siempre fue más rápido me habría engullido a la primera, si lo hubiese querido. Se abalanzó sobre mí acercando su boca a mi cara con el olor pútrido de la sangre y restos de carne de aquel vagabundo, sacó lentamente su lengua, la movía como si de una serpiente se tratara, la pasó por mi rostro y fue entonces que sentí un leve piquete en el cuello y me desvanecí.

Cuando recupere la conciencia estaba nuevamente en la pizzería con Amelia sentada a mi lado.

– ¡Despertaste, por fin! Mi dios… – dijo aún más preocupada.

– Yo fui…-Le decía mientras los recuerdos volvieron de golpe. Comenzaba a entrar en pánico y Amelia me sostuvo.

-Lo sé, lo sé por eso te dije que no fueras, necesito que me digas ¿qué te hizo? ¿te mordió? – dijo preocupada.

– ¡No, no, no! Fue como que me olfateo o me olio, no lo sé, había mucha sangre y-y- Dije, comenzando a sollozar

-Bien, tenemos tiempo. – Respondió con expresión seria en el rostro.

ME*

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Ella

Ella estaba enamorada de ella, pero ella no lo sabía.

Escudada en una amistad, ella se acercó lentamente a ella. Adoraba sus momentos juntas, esperaba ansiosa volver a verla luego de cada encuentro, suspiraba enamorada resignada por quedar siempre en el mismo punto.

Ella la adoraba, pero no sabía que era aquello; siempre pensó que era algo normal para sentir por tus amigas más cercanas. Que equivocada estaba ella, pues ella era la única que la hacía sentir de esa manera.

Ella no encontraba nada de malo el tener aquella relación tan cercana, pero muy por el contrario, ella estaba segura de lo que sentía y le dolía levemente su indiferencia emocional.

Ella la buscaba inconscientemente, quería sus halagos y cariños inocentes de amigas. Abrazos, caricias en el cabello, besos en las mejillas, todo era normal para ellas en su amistad.

Ella la adoraba, era su mejor amiga, no podía vivir sin ella, pero no sabía que era aquello, pensaba que era normal.

“es mi mejor amiga y por eso la amo”, “es mi mejor amiga y por eso nos cuidamos”, “es mi mejor amiga y por eso no podría estar sin ella”

Ella estaba muy enamorada de ella. Pero ella conoció a él.

Ella envidiaba a él, él le había quitado a su mejor amiga. Ella lloró miles de noches por ella, mientras que ella se dedicó a amarlo a él. Ella se resignó a perder su amor poco a poco de ella, a mirar hacia delante, a seguir apoyándola a ella.

A olvidar que la amaba y conformarse con su amistad eterna.

Él no era lo mismo que ella, y se conformó. Extrañó a ella y su cariño inocente, su compañía constante y sus risas contagiosas.

Ella extrañaba a ella, pero se quedó con él.

Porque ella nunca entendió que también amaba a ella.

The.

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[Historias de campo] Cuando Regresé

Yo no sabía lo que hacía, mi cuerpo se movía por sí solo. De un momento a otro tenía su corazón en mi boca y lo desgarraba con fuerza. Sentí placer.

Ellos eran cuatro y rodeaban mi último hogar, mi sepulcro. Cantaban algo ininteligible para mí. Depositaron algo en mi cabeza, eso creció como una enredadera dentro de mí, en mi conciencia y comenzó a dominarme. Cortaron de mi mano izquierda el dedo anular.

No sé de dónde volví. Sólo qué que me devolvieron a este mundo en contra de mi voluntad y lucraron con mi cuerpo.

-El señor Alfonso es tu padre ahora, Huitrinalhue – Dijo mirandome hacia arriba, yo nunca fui demasiado alto, pero ahora parecía haber crecido. Hasta este punto aún podía manejar mi cuerpo – Responderás al llamado de “hijo” – Luego de eso dijo algo que no comprendí, y perdí todo el poder sobre mi propio cuerpo ¿Qué es eso de Huitrinalhue? ¿No era una leyenda antigua? ¿Ese mito donde los grandes señores compraban un vampiro que cuidaría sus tierras por un precio muy alto? Pensaba que sólo eran historias de la vieja tata.

Me llevaron a una gran casa, se veía que no era una ruca, si no de uno de los invasores. El señor de la casa me recibió con vehemencia, entregó el pago y me nombró hijo, entonces fue como si me partiese un rayo. Una fuerza indescriptible pasaba a través de mí, yo cada vez quedaba más y más lejos de mi cuerpo hasta que sólo fui un espectador de mis restos vivientes.

El señor dejó mi cuerpo fuera, recorrió este toda la parcela, reconoció a los animales y los campos. Con el tiempo sí se veía que era útil, pues protegía la casa de los que intentaban llevarse el ganado o productos de su molino. Los que escapaban tenían suerte. Los que no, era desgarrados y puestos sus restos sobre las rejas. El Hitranalhue no parecía comer.

Al tiempo mi cuerpo se acercó al señor de la casa.

-Hijo, debes cuidarlo todo – Le dijo con la autoridad de quien siempre ha ordenado a los demás.

-Un corderito… – Dijo con dificultad, esa no era mi voz.

-Nunca te he visto comer desde que llegaste, me has ahorrado mucho dinero, ve hijo, ve y come un pequeño corderito – No le dio la mayor importancia en ese momento. Pero al rato ya se oían los gritos de espanto de su señora, el Huitranalhue estaba sobre su hijo más pequeño y le devoraba el corazón.

De un momento a otro tenía su corazón en mi boca y lo desgarraba con fuerza. Sentí placer. Mi cuerpo me expulsó tan rápido como entré.

Gran conmoción causo este hecho, la mujer le exigía botar mi cuerpo antes de que hubiese más muertos, ella decía que en los mapuches no hay que confiar. Entonces recordé que mi abuela siempre nos contaba con temor que el precio real de un Huitranalhue solo lo conoce su padre, y es un precio muy alto.

Cada semana el Huitranalhue comenzó a pedir un corderito, su nuevo padre no sabía qué hacer, no tenía control sobre esa arista de su bestia. Intentó deshacerse de él tirándolo al rio, a un acantilado y sólo nosotros sabemos que más intentó. Pero todo era inútil.

-¿Por qué me has tirado al río, padre?¿Por qué me has tirado cerro abajo, padre?¿Ya no me quieres? – Mi cuerpo siempre volvía, cada vez más espantoso, pero volvía y pedía su cordero.

Sólo le quedaba un hijo al señor Alfonso.

Entonces, se acercó el hombre que me trajo de nuevo al mundo. Y le dijo cómo terminar con mi segunda existencia.

El señor llevó al Huitranalhue al fondo del bosque. Él iba en su caballo, cargaba una pequeña olla y un gran bulto, mi cuerpo sólo caminaba. En el bosque donde la luz del sol no logra penetrar la frondosidad de los árboles, echó a coser un hueso, el correspondiente a mi dedo anular, mientras entretenía a la criatura con el cuerpo de un niño medio muerto, su último hijo.

Alfonso lloraba en silencio, pues si el Huitranalhue se daba cuenta de lo que hacía iría por su corazón y no por el del niño.

Cuando el agua comenzó a hervir, la criatura se contrajo. En un segundo volví a estar dentro de mi propio cuerpo, al abrir los ojos lo v huyendo en su caballo solo.

Un terrible dolor me abordó.

Es peor, morir dos veces.

 Lía

Publicado en Cuentos, Dramas, Juvenil, Ligero

Quiero Marcharme

Abrió sus ojos para observar el mismo techo, que hace tantos años la hacía pensar que todo seguía como antes, y por un instante olvidaba la situación en la que se encontraba. Se dejaba llevar por los recuerdos, volver atrás como lo deseaba. Su corazón se rodeaba de tristeza, frustración e impotencia cuando su mente regresaba al presente.

Su respiración era regular, llenaba cada alvéolo de sus pulmones, pero la sensación de ahogo comenzaba a crecer, controlar la respiración conscientemente fue el primer paso. Inspirar, mantener, espirar, rítmicamente se mantuvo a raya por un tiempo. Siguió el repetitivo ejercicio por periodo, aunque el efecto ya no era el mismo. Inspirar, entraba el aire con facilidad. Mantener, no tenía mayor reto. Espirar, el aire salía prácticamente solo, sin embargo, algo en el interior no sucedía. La desesperación, horror, pánico y angustia se volvían cada vez más fuerte junto a la sensación de ahogo.

Si hubiese podido se habría puesto de pie y corrido de esa habitación para refugiarse en los brazos de su esposo, pero el accidente que había tenido hace ya tres meses la dejó totalmente paralitica y la declararon desahuciada; eso le bastó a su familia. Muchos se alejaron debido a la tristeza, en su mayoría, la consideraban muerta. Sólo su esposo se quedó con ella, dedicándole cada minuto que tenía.

 Con el pasar de las semanas finalmente terminó perdiendo su empleo; para él no fue la gran cosa, nada valía la pena si no estaba con ella. Se preocupaba de cada detalle:  cariño, compañía, baño, comida, medicamentos.

-Amor, es hora de tus medicamentos- le dijo tiernamente mientras los dejaba a un costado del velador

-Debes seguir adelante- le dijo ella.

-Otra vez con lo mismo, ya lo hemos hablado, dejarte sola no está en mis planes- le respondía mientras preparaba el medicamento para colocarlo en el suero.

-Esta vez es distinto. Raúl, estoy cansada, ya no puedo más, debes dejarme ir por favor-  le suplicaba mientras el llanto invadía sus ojos.

– ¿Cómo puedes pedirme eso? Estas consciente de que te amo a pesar de todo- se sentaba a su lado mientras las lágrimas brotaban desde la comisura de sus ojos.

– Y tú sabes que aun te amo como el primer día, pero no puedo hacerte esto… Ver cómo te consumes por cuidarme. Raúl esto nos hace daño tanto a ti como a mí. – dijo mientras sollozaba

– ¿Y qué quieres que haga? ¿Que deje de darte tus medicamentos para que te vayas y me dejes? No me hagas responsable de tu muerte Miriam, por Dios. – dijo ofuscado y dolido.

-Tanto tú como yo sabemos que ya estoy muerta, sólo hemos prolongado lo inevitable-le dijo mientras intentaba controlar su llanto.

– ¿Cómo que prolongado lo inevitable? ¡tú estás viva, todo estará bien, será como antes! – le respondía el intentando darle esperanzas.

-Amor… mentir nunca se te dio bien y lo sabes, ya no puedo seguir, estoy agotada, no tengo fuerzas en mi alma. – le dijo ella con toda la fuerza y calma que pudo reunir.

– ¿Y qué quieres que haga? Me siento impotente frente a esto, ¿crees que no sé qué solo dilato tu sufrimiento, que no veo cada dolor por las heridas y secuelas que jamás curaran? ya lo hemos preguntado mil veces jamás aprobaran la eutanasia. – respondió desconsolado.

-Lo sé, el irse tranquilo y sin dolor como única muestra de piedad está prohibido en este país; pero no van a prohibirme mi decisión. Estoy enferma, estoy muriendo, no estoy loca ni fuera de mis cabales. – manifestó llena de rabia, pena y todos los sentimientos que invadían su corazón en ese instante.

-¿Qué es lo que quieres por Dios santo?- terminó de decir  enojado

-He tomado una decisión, necesito que me apoyes y me ayudes- le dijo soltando al fin todo lo que tenía guardado en su corazón y no había podido decir antes.

Tomar la decisión no fue fácil, su petición no fue cualquier cosa, fue algo que iba más allá de la moral y de los valores que él tenía inculcados desde su infancia; pero la amaba y ya no soportaba verla sufrir. La suplica de su esposa, un poco de compasión y amor en su último momento; irse en paz, tranquila y sin dolor era lo único que pedía, sin embargo, la sociedad le prohibía dárselo; la obligaban a sufrir constantemente.

El amor que sentía por ella era lo más importante que tenía y haría realidad su último deseo.

Preparó hasta el más mínimo detalle, una última cena romántica, le administro sus medicamentos para el dolor, no eran de los más fuertes, pero servirían hasta que el momento llegará. En cuanto la noche cayó, cerro la habitación tan herméticamente como pudo. Le dio un último beso y giró la perilla de la estufa.

Su respiración era regular llenaba cada alveolo de sus pulmones, pero la sensación de ahogo comenzaba a crecer, controlar la respiración conscientemente fue el primer paso inspirar, mantener, espirar, rítmicamente se mantuvo a raya por un tiempo.  Siguió el repetitivo ejercicio por periodos, aunque el efecto ya no era el mismo. Inspirar, entraba el aire con facilidad. Mantener, no tenía mayor reto. Espirar, el aire salía prácticamente solo, sin embargo, algo en el interior no sucedía. La desesperación, horror, pánico y angustia se volvían cada vez más fuerte junto a la sensación de ahogo.

La realidad se volvía difusa, sin embargo, sintió como Raúl se recostaba a su lado y tomaba su mano con sus últimas fuerzas.

-Yo he decidido marcharme contigo. – dijo dulcemente.

Ambos lloraron por última vez mientras sus respiraciones se volvían cada vez más lentas, la realidad se volvía aún más difusa y obscura hasta que ambos dejaron de respirar.

Me­*